54.

Te quiero. Odio decir que te quiero,
pero te quiero. Y vives tan lejos y duermes tan cerca
que te quiero porque tú eres tanto de mí
que yo ya no sé encontrar esquina en un espejo en que no te vea.

Yo vivo solo. Ya lo sabes. Tan rodeado de gente
y a la vez tan solo. Ya lo sabes. Soy casi un niño
que busca madre en todos los pechos. Soy casi sombra
que se esconde debajo de las farolas y se arropa con su frío.

A veces quiero no existir. A veces
no existo y quiero. Soy caprichoso y te busco.
Están tan huecas las palabras si tú no las dices…

Pego paredes a tus fotos con chinchetas de colores
y acerco mis recuerdos a la imagen de  tu piel desnuda aquellos primeros días.
Y ya no estás. Nunca estás. Solo eres un recuerdo que huye cuando lo abrazo
y yo soy solo un maniquí que espera que lo vistan de gala.

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53.

Estos son los únicos minutos universalmente más cortos.
La hormiga avanza siempre hacia delante.
Para ella la vida es solo un viaje. Nadie asegura el destino.
Tú y yo miramos el viento en los árboles, absortos
en Dios sabe qué ideas. Un pájaro caga al lado
de mi zapatillla. El verano empieza siempre con vino
y rosas. Son días de vino y rosas. El viento ha parado;
«I guess sad eyes never lie». Contamos los meses
con las uñas de los dedos. Todo es gótico en ti ciudad,
incluso la sombra inclinada que dibujan los cipreses
que hay camino al cementerio. Flamígero. El fuego siempre es la verdad.

Me encanta jugar a este juego; desnudar las calles,
sentir la brisa. Morir. Nacer. Dejar que el tiempo pase
y luego buscarme arrugas. Llorando. Es una imposición
ciega. Hoy no has dormido y tus ojos tienen dos valles
algo morados debajo del párpado. Oigo de fondo esa canción
de Springsteen. Los coches pisotean ruinas milenarias
siempre. Los días no tienen marcapáginas. Son aves
que buscan la fuga. Que emigran. Las nubes son ideas secundarias
que se le escapan a Dios. Quién tuviera las llaves
de tu puerta…

El fruto de la tierra está maldito hoy
y el cielo se ha abierto.
Por eso, me visto y me voy,
pero dejo mi espalda al descubierto.

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52.

Escríbele poemas a la luz,
que es algo que nunca has hecho.
Sonríe. Mira por la ventana.
Párate a pensar si tienes derecho
o tienes deber. Corta las cuerdas
que crees que te  atan al mañana.
Sabes que eso no existe;
solo hay árboles y kilómetros de sabana
muerta y de asfalto que se viste
de oscuro.
Mañana será el primer día,
el mundo nuevo.
Cuando despiertes, será el futuro
el que grite y se ría,
y te deje sordo. Tu placebo
es el cielo azul; dale
la espalda, rápido, hazte
un báculo con tu rabia. Date
cuenta de que todo vale.

No estás muerto.
No estás muerto.
No estás muerto.

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51.

La arena es sagrada
y, a veces, vuela,
a veces, vuela,
a veces, existe.

Ella está varada 
y es una sirena,
es una sirena
y, a veces, se viste.

Yo he nacido cansado
y no me fío,
no me fío
de un dios inerte.

El mar duerme callado,
y esperando al río,
esperando al río
que lo despierte.

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50.

No dormir cansa casi tanto como hacerlo, a veces,
pero añade ocho horas de más al día.

Hago tan poco antes de que anochezca
y necesito tanto tiempo para hacerlo…

En realidad, en veinticuatro horas solo sobra tiempo
para quejarse de que un día es muy corto,
y yo a veces me busco compañías y otras yo soy yo solo.

De vez en cuando nos hacemos ligeros como las civilizaciones
antiguas y sentimos que un fuerte viento nos levanta la falda
y nos hace el amor. Ella nunca llevó faldas los domingos
y a mí se me daban muy mal las artes plásticas,
pero ese no es el tema. El tema es que

yo quiero ver el ladrillo moderno
y ser espada ante el viento fuerte;
que se me quiten las ganas de hacerte
lo que hacemos los domingos de invierno.

Todas las nubes pueden hacer sombra
a mi sombra. Ya soy ladrillo; paseo
y juego con la luz al veo-veo
y maldigo a los astros que me nombran.

¡Que al ladrillo no le vence la pena!,
¡ni le vence el silencio cuando callas!
¡Que el tiempo está de mi lado!, ¡es mi abrigo!

Pero, a la fuerza, el tiempo me hará arena
y mis arenas darán a luz playas.
Los niños harán castillos conmigo.

Al fin.
Al fin seré castillo
Arena y sal que arrastre la marea, sí;
pero siempre supe que los sueños se cumplen para durar
solo
un
instante

apenas
.

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49.

Este es el último poema que dedico a las personas que fuimos;
no merece la pena ser esclavo para siempre, o eso es lo que quiero pensar.
Pero es tan fácil echarte de menos…

Trotas en el recuerdo como un caballo en la pantalla del cine;
trotas en el pasado y en el presente y en el futuro
y vas sembrando días y lugares
y, a veces, lunas.
Y siempre eres pasado.

Tú y yo éramos en el presente
y bailábamos tangos que nos cantábamos al oído
porque Gardel los había escrito con nuestras voces.
Así, a veces éramos coro y espectáculo
y otras camareros o turistas.
Sí.
Turistas fuimos a menudo. Todos los días. Todas las noches.

Tú cantabas tan bonito cuando me deshacías la cama…
Por eso, quizá, ya no me quejo cuando sé que quieres deshacer la cama a otro,
porque, como sabes, me gusta mucho el arte y creo que es de todos,
y tú, así, irás repartiendo arte por cada cama por la que pases.

Pero a mí, aquí, me sobran dedos
y días
y horas
y todo ya me sobra, menos prisas.

Ya no tengo prisas nunca, no, ni miedo.
A veces, solo, me escondo debajo de la mesa y dibujo sonrisas en la madera
y ya todo es calma, y tú y yo hemos muerto y Tú y Yo hemos nacido.
Para siempre.

Porque sé que ya te he perdido y estás lejos,
seguiré soñando con cantarte ese tango al oído.

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48.

Como niñas famélicas, las gotas se pegan a la ventana buscando calor y tiritan.
Tengo tantos recuerdos que ya apenas reconozco cuándo el presente se convierte en pretérito.

Casi siempre era verano. Tú llevabas vestidos blancos y cada día una sonrisa nueva.
Mi alma era tan honesta… Tu voz era tan débil… La ciudad a veces quedaba tan lejos… Todas las estrellas latían.

Puede que ya solo queden nuestras huellas en tantos parques, quizá;
puede que mi suela pise la tuya. Quizá estén llegando las lluvias, pero el barro jamás nos ha olvidado.

Ciertas noches tú abrías la ventana y las nubes huían con un espanto divertido
y la música nunca paraba de sonar mientras volvías a casa. Los gatos llenaban de amor el callejón donde vivíamos.

Quizá estén llegando las lluvias, sí, y con ellas la primavera,
pero duele tanto decirle adiós a nuestro largo invierno íntimo…

Como una hoja tostada al sol, la tarde gira sobre sí misma;
la tarde gira y, al anverso, solo hay más tarde.

Todas las luces del universo ya entran por la ventana, intensas.
Tanto que solo iluminan nuestros ojos. Y ya no son cristales ni tiritan.

La noche es ya mi pequeño cajón de sastre cuando estoy despierto.
Las sábanas pueden ser caramelos que darle a las niñas.

La noche es algo húmedo y negro, como Dios, y gotea, lo sé,
y tú ayer te quedaste en ayer, y hoy no estás aquí para secarme.

La ciudad tirita, y las estrellas. Quizá todo sea un recuerdo. Quizá nada haya existido.
Yo solo quedo aquí, solo, y te busco y ya no estás. Quizá nada haya existido. Ayer te quedaste en ayer.

Y yo nunca pensé en hoy.

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