LI.

Así es como empieza siempre: con el universo explotando.

La niña que se agarra el pelo agazapada en la cama
con una sonrisa amarga mientras saca de ella a la fuerza
el semen
después de haber mirado a la cara a Dios y
que Este
le haya devuelto la mirada con expresión
de vicio.

Primeras grandes impresiones; cosas
de dioses paganos.

Luego continúa con el ruido de las calles, con
los mendigos en las aceras, con
las niñas en posición del loto que se sientan
en el suelo del vagón y con la santísima
misa del sábado a la madrugada
cuando no hay quien encuentre el sol
y el velo
al fin
cae
haciendo que nos veamos mundanos.

Continúa con las calles vacías, con
los cementerios llenos. Con los recuerdos mentirosos
y las ansias ciegas de futuro,
y las bocas sedientas de gloria.
Continúa con nosotros
sin plurales.
Y en los parques florecen los almendros y
en las tumbas vigilan los cipreses
dándonos siempre la bienvenida
a nosotros, que hace tiempo que somos Ellos
y vivimos todas las aventuras de Tristán e Isolda
en un autobús gris que hemos cogido en Plaza Elíptica.

Fuera hace tiempo y llueve, y ya
da igual porque hace tiempo y llueve, y
hace mucho que no importa.

Los monstruos ya no nos miran con ojos golosos
quizá porque hemos roto espejos
y rasgado velos;
hemos quitado cinco días a la semana
y hemos aplastado nuestra vanidad
hasta que solo ha quedado arena,
y gotea,
y hace tiempo y llueve, y
en el fondo,
no importa.

Yo me miraré en los charcos
y sonriendo me diré:
«estoy vacío,
soy tan mundano…»

Ella se buscará en mi pupila y,
una vez más,
me dirá llorando que me quiere.

L.

Por encima de la suave condescendencia de
fulano, de la extraña manera de amar de
mengano, de los pases de manos que practica
el universo; por encima, queda la noche.

Pasear como un alma en pena cuando el universo
se ha ido a dormir.
¿Cuánto tiempo dedicaste a hacer que este desastre
tuviera vida propia?

Se nos caen de las manos las mondas, las migas, el
minutero se queja de que se marea. Nuestro pecho
coge frío de tanto ir descubierto. 

Margot se va a dormir, y
Ester, y
Helena
y, solo, el narrador se da cuenta de que
nunca fue testigo
y, desde luego, nunca
se acercó a ser
omnisciente.

XLVIII.

La cosa es que acaba siempre así, retumbando
en lo más profundo y negro de mis adentros.

Cada noche. Y a la mañana, quedan
ecos.

Ecos de un viento que sopla y no para,
de un frío que mata y no mira,
de un mundo que duele y no pregunta,
de un futuro que está y no se muestra.

La cosa es que acaba siempre así, azotando
en la piel que siempre acabo de mudar.
Y me pregunto quién nos tiende la mano,
quién nos busca las cosquillas,
quiénes fueron nuestros istriones,
dónde quedaron los ensayos,
cuánto falta para que amanezca.

Quién disfruta de la función.

Y cae sobre mí, como una pluma de plomo
la idea de que no estoy solo;
de que conmigo hay más almas
(siete mil millones, parece ser, y asusta)
que no duermen cuando la noche retumba,
y el frío mata y no mira,
y el mundo duele y no pregunta,
todos, quizá, con la duda
de si el futuro está, pero se esconde
o ya ni siquiera nos queda la esperanza
de despertar un día sin ojeras, sin
legañas, sin canas, sin frío, sin
muerte.

Siete mil millones de almas abandonadas
en un universo oscuro y sin límites.

Y yo, que tengo miedo a la oscuridad,
cuando la noche retumba,
me rasco las uñas con el interior de mis bolsillos,
me desgasto los pies con la acera de mi calle,
aniquilo mis cigarros con la tiranía de mis pulmones
y busco mi insomnio para que charlemos
sobre nuestro pecado original,
sobre nuestro original pecado,
sobre nuestros siete mil millones de hermanos,
sobre el origen del pecado
o el pecado del origen.

Y discuto con mi sombra porque me sigue y
con las farolas porque no me dejan solo y
mis vecinos me miran desde sus baluartes
como se mira a un loco que maldice
o a un enfermo que trae la peste.

Acabo volviendo, así, a casa, siempre, derrotado,
algo enfadado, pero sin tomarlo en serio
por si acaso se vuelca en mí el universo,
y entro en mi casa como quien pasa al colombarium
y me meto en mi cama como quien se introduce en su nicho
y me tapo con la sábana como quien se cubre con su mortaja;
como otras tantas siete mil millones de almas insomnes.
Y me abrazo la tripa para contener la arcada.
Y cierro los ojos para encerrar las lágrimas.
Y cruzo las piernas para evitar salir huyendo
de una vida que huele a fracaso y a duda.

Pero justo antes de dormir, siempre,
entre los temblores y las arritmias,
viene a mí la idea de que ella también existe;
ella y sus siete mil millones de lunares,
y puede que, jugando a conectarlos con un boli,
aparezca un mapa para salir de estos harapos de gala
que me cubren, o quizá una respuesta a
por qué la noche retumba,
por qué el frío mata,
por qué el mundo duele,
o por qué seguimos mintiéndonos
cuando decimos que existe futuro.

XLVI.

Sucede cuando mayo se afana, loco, en dar los  últimos coletazos
para demostrar que sigue vivo
y los verdes y los azules se mezclan en el cielo y en la estepa
igual que se mezclan en sus ojos.
Todo parece puro en ese instante sublime
en el que miras dentro de su pupila y
la ciudad,
que es un gigante imbatible,
se difumina alrededor y desaparece, vencida al fin
y el aire entre tu boca y su boca era eterno y espeso
—era,
                es;
la inmortalidad juega con los pretéritos

hasta que el futuro es solo una broma pesada y
no,
no hay quién le preste atención.
Esos ecos de mayo que nos
recuerdan que tenemos
alma
acaban jugando a un juego
muy parecido al
escondite.
Y, de repente, abrimos los ojos y estamos desnudos
y juntos y,
sin darnos cuenta,
habrá llegado agosto.
Habrán caído los estandartes y el mundo será
uno.
El sol explotará en la cúspide de la bóveda
celeste
y la metralla que llueva de su cadáver
será el ansiado y esperado clímax
de un verano que silenció expectativas vacías
con un grito desgarrado de vida
que olerá a nuestras voces.

XLV.

No pueden parar de quererse.
Se besan tanto que sus labios se cortan.
Se acarician tanto que sus pieles se irritan.
Se miran tanto que se conocen de memoria.
Se acercan tanto que apenas se dejan respirar
y aun así
siguen besándose tanto,
siguen acariciándose tanto,
siguen mirándose tanto,
siguen acercándose más
hasta que ya no les hacen falta ni los pronombres
y su juventud se convierte en el inicio de todas sus vidas;
y les dan igual los labios cortados,
les da igual la piel irritada,
les da igual conocerse de memoria,
les da igual no respirar
y no dormir en toda la noche
porque, joder, merece tanto la pena…